Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Hester levantó la vista y observó a Sylvia y a Philip, preguntándose cuál era su posición respecto a ambos; así que esta era la hermosa primita que Philip le había mencionado a su madre, tan malcriada y tan vergonzosamente ignorante; tan burra como encantadora, y cosas parecidas. Hester se había imaginado a Sylvia Robinson de otra manera: más joven, más estúpida, muchísimo menos alegre y encantadora (pues aunque ahora se la veía enfadada, con un puchero en la boca, era evidente que no era ese su estado de ánimo habitual). Sylvia estaba concentrada en la tela roja, haciendo caso omiso de la gris.

A Philip Hepburn le molestó que su consejo se hubiera visto desdeñado, sin embargo volvió a la carga.

- Este es un artículo de apariencia discreta y respetable que pega con cualquier color; no serás tan tonta de llevarte un color en el que queda marcada cada gota de lluvia.

- Lamento que vendas telas de tan mala calidad -replicó Sylvia, consciente de su ventaja, y relajando un poco (lo menos que pudo) su actitud severa.

Hester intervino de nuevo.

- Quiere decir que esta tela perderá la viveza que tiene ahora cuando llueva o haga humedad, pero siempre será una buena tela, y el color resistirá mucho tiempo. De otro modo, el señor Foster no la tendría en la tienda.


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