Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia A Philip no le gustó que Hester, ni siquiera con la sensata intención de poner paz, se interpusiera entre ella y Sylvia, de modo que se replegó en un indignado silencio.
Hester añadió:
- Desde luego, el gris es más tupido, y durará más.
- Me da igual -dijo Sylvia, que seguía rechazando el triste gris-. Prefiero este. Por favor, señorita, póngame ocho metros.
- Para hacer una capa se necesitan al menos nueve -dijo Philip, tajante.
- Madre me ha dicho ocho -dijo Sylvia, sin olvidar en su fuero interno que su madre habría preferido el color más sobrio, y diciéndose que, ya que no le había hecho caso en esa cuestión, más le valía seguir las instrucciones que le había dado respecto de la cantidad.
De todos modos, no le habría hecho caso a Philip en nada de lo que él pudiera aconsejarle.