Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Se oyeron pisadas de niños corriendo calle arriba procedentes del río, junto con gritos de excitación. Al oír ese ruido, Sylvia se olvidó de la capa y de su leve irritación y corrió hacia la media puerta de la tienda. Philip la siguió. Hester miró con un interés pasivo y amable en cuanto acabó de medir los ocho metros. Una de las chicas a las que Sylvia había visto cuando ella y Molly abandonaron la multitud subía la calle a paso vivo. Su cara, de facciones bastante hermosas, se veía emblanquecida con un exceso de emoción, llevaba el vestido desarreglado, le volaba, y sus movimientos eran torpes y desenvueltos. Pertenecía a la clase más baja de los habitantes del puerto de mar. Mientras se acercaba, Sylvia vio cómo las lágrimas le caían por las mejillas, sin pensar en las apariencias. Reconoció la cara de Sylvia, que ahora la miraba con enorme interés, y detuvo su pesada carrera para hablar con aquella hermosa y comprensiva criatura.
- ¡Ya atraca! ¡Ya atraca! ¡Voy a decírselo a madre!
Cogió la mano de Sylvia y la estrechó, y prosiguió su camino sin aliento y jadeando.
- Sylvia, ¿cómo es que conoces a esta chica? -preguntó Philip con severidad-. No es alguien a quien deberías estrechar la mano. Por los muelles se la conoce como «Bess la de Newcastle».