Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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- No he podido evitarlo -dijo Sylvia, casi con ganas de llorar no por las palabras de Philip, sino por la manera en que las había pronunciado-. Cuando la gente está alegre, no puedo evitar estar yo también alegre, y yo simplemente he alargado la mano, y ella la suya. ¡Pensar que el barco atraca por fin! Y si hubieras visto a toda la gente que hay allí abajo con los ojos como platos, como si temieran morirse antes de que el barco toque tierra y les devuelva a sus seres amados, tú también le hubieras estrechado la mano y no hubiera pasado nada. Jamás la había visto hasta hace media hora en los muelles, y es probable que jamás vuelva a verla.

Hester seguía detrás del mostrador, pero se había acercado a la ventana; de modo que oyó lo que decían, e intervino de nuevo:

- No puede ser tan mala, pues pensaba ir a decírselo primero a su madre, según lo que ha dicho.

Sylvia le lanzó a Hester una rápida mirada de agradecimiento. Pero Hester no la vio, pues volvía a tener la vista puesta en la ventana.

Molly Corney irrumpió en la tienda y se unió a los presentes.

- ¡Buf! -exclamó-. ¡Escuchad! Cómo grita y chilla todo el mundo en el muelle. Es como si hubiera llegado el día del juicio final. ¡Escuchad!


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