Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Nadie habló, nadie respiró, casi he estado a punto de decir que los corazones dejaron de latir. No duró mucho; al momento se oyó el grito agudo y simultáneo de mucha gente furiosa y desesperada. Confuso en la distancia, se trataba, no obstante, de una imprecación inteligible, y aquel rumor irregular se iba acercando más y más.

- Se los están llevando a la posada de la patrulla -dijo Molly-. ¡Bueno! Ojalá tuviera al rey Jorge aquí delante para decirle lo que pienso.

La muchacha cerró los puños y apretó los dientes.

- ¡Es terrible! -dijo Hester-. Hay madres y esposas esperándolos, como si fueran estrellas caídas del cielo.

- Pero ¿qué podemos hacer por ellos? -gritó Sylvia-. Vamos allí en medio a ver si podemos ayudar; ¡no soporto quedarme mirando sin hacer nada!

Medio llorando, se puso a empujar la puerta, pero Philip la retuvo.

- ¡Sylvie! No lo hagas. No seas estúpida; es la ley, y nadie puede hacer nada contra ella, y mucho menos las mujeres y las muchachas.


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