Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia En aquel momento, la vanguardia del gentío subía por la calle del Puente y pasaba junto a las ventanas de la tienda de Foster. La formaban unos niños furiosos y anfibios que se movían lentamente hacia atrás, como si les obligara a ello la presión de la multitud que avanzaba, pero que no dejaban de desafiar y molestar a la patrulla con insultos y maldiciones medio ahogados de indignada vehemencia, mientras apretaban los puños en la mismísima cara de los miembros de la patrulla, que caminaban con movimientos calculados, armados hasta los dientes, el semblante blanco de reprimida y resuelta energía contra las caras bronceadas de la media docena de marineros, el número máximo que habían considerado prudente sacar de la tripulación del barco ballenero, siendo esta la primera vez en muchos años que en Monkshaven se hacía cumplir una orden del Almirantazgo; de hecho, desde el final de la guerra con las colonias americanas. Uno de los hombres se dirigía a sus conciudadanos, en una voz aguda, una exhortación que pocos podían oír, pues, rodeando este núcleo de cruel injusticia, había mujeres que gritaban a voz en cuello, que levantaban los brazos en imprecación, que derramaban improperios con tanto vigor y velocidad como si fuesen un coro griego. Sus ojos desaforados y famélicos se posaban en aquellas caras que no podían besar, en sus mejillas asomaba el púrpura de la cólera o la lividez de un impotente anhelo de venganza. Algunas apenas parecían humanas y, sin embargo, una hora atrás aquellos labios, ahora tensamente separados para mostrar los dientes en el gesto inconsciente de un animal salvaje y enrabietado, se veían amables y tranquilos con una sonrisa de esperanza; ojos que ahora eran fieros e inyectados de sangre habían exhibido una mirada llena de vida y cariñosa; corazones que jamás se recuperarían de esa muestra de injusticia y crueldad se habían mostrado confiados y jubilosos hacía tan solo una hora.