Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia También había hombres entre la turba, hoscos y silenciosos, que ya meditaban una venganza que pusiera remedio a aquello; pero no eran muchos, pues casi todos se hallaban ausentes de la ciudad, embarcados en los balleneros.
La violenta multitud se derramó en la plaza del mercado y formó allí una masa sólida, mientras la patrulla de leva se abría paso lentamente hacia la calle Mayor para dirigirse desde allí a su posada. Un gruñido grave y apagado surgió de aquel denso gentío, mientras algunos esperaban a que se les hiciera un poco de sitio para seguir a los demás, y de vez en cuando, al igual que se hace más sonoro el rugido del tigre, aquel gruñido se transformaba en un chillido de rabia.
Una mujer se abría paso desde el puente. Vivía un poco alejada de la ciudad, y había sido de las últimas en enterarse de la llegada del barco ballenero después de seis meses de ausencia, y mientras bajaba a paso vivo hacia los muelles, una veintena de voces solícitas y comprensivas le habían dicho que su marido había sido secuestrado para servir al gobierno.
Había tenido que detenerse en el mercado, cuya salida estaba totalmente abarrotada. En ese momento dejó escapar por primera vez un terrible chillido, en el que pronunció unas palabras que apenas resultaron comprensibles:
- ¡Jamie! ¡Jamie! ¿No te dejan venir conmigo?