Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Esas fueron las últimas palabras que Sylvia oyó antes de que ella misma prorrumpiera en un llanto histérico que llamó la atención de todo el mundo.

Aquella mañana había estado muy atareada con sus quehaceres domésticos, y todo lo que había visto y oído desde su llegada a Monkshaven la había afectado mucho, y ese era el resultado.

Molly y Hester la llevaron al salón que había detrás de la tienda: el salón de John Foster, pues Jeremiah, el hermano mayor, tenía una casa propia al otro lado del río. Era una sala acogedora, de techo bajo y recorrido por grandes vigas, y estampado con el mismo papel que las paredes, una estancia lujosa y elegante que fascinó a Molly. El salón daba a un oscuro patio en el que crecían dos o tres álamos que ascendían penosamente hacia la luz, y a través de una puerta abierta entre la parte posterior de dos casas se atisbaba el incesante movimiento de las aguas del río, donde había unas cuantas barcas de pesca amarradas más allá del puente.

Colocaron a Sylvia en un ancho y anticuado sofá, le dieron agua y procuraron calmar sus sollozos y ahogos. Le aflojaron el sombrero y le salpicaron copiosamente la cara y su pelo color castaño, hasta que al final volvió en sí; recuperada, pero chorreando agua. Se incorporó y se los quedó mirando, apartándose los enmarañados rizos de la frente, como para aclararse los ojos y la mente.


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