Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Pero cuando fueron a buscar a los dos empleados con una sensata homilía en los labios, los destinatarios de esta se hallaban ausentes. A consecuencia del alboroto que había en las calles, todas las demás tiendas del mercado habían cerrado, y Nicholas y Henry, en ausencia de sus superiores, habían seguido el ejemplo de los vecinos y, como ya no había nada que hacer, ni siquiera habían acabado de colocar los artículos en su sitio, sino que se habían dirigido a toda prisa a ayudar a sus conciudadanos en cualquier trifulca que pudiera surgir.
Ya no había remedio, pero el señor John parecía bastante perplejo. El ver los mostradores cubiertos de artículos en desorden era algo que habría irritado a un hombre igual de ordenado pero de peor carácter. Todo lo que dijo sobre el tema fue:
- ¡No tienen remedio! ¡No tienen remedio!
Y negó con la cabeza mucho después de haber acabado de hablar.
- ¿Dónde está William Coulson? -preguntó a continuación-. ¡Ah, ya me acuerdo! No volverá de York hasta la noche.
Philip y su jefe ordenaron la tienda hasta dejarla como a este último le gustaba. A continuación, el señor John recordó el deseo de su subordinado, se volvió y le dijo: