Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia 34
UN ALISTAMIENTO INSENSATO
Sylvia se dejó caer sobre una butaca, los brazos inertes, la cara oculta. De vez en cuando un estremecimiento le recorría el cuerpo: no dejaba de hablar sola en voz baja, con incontinencia de palabras.
Philip estaba a su lado, inmóvil: no sabía si se daba cuenta de su presencia; de hecho, lo único que sabía era que él y ella habían roto para siempre; solo podía pensar en eso, que adormecía todo otro pensamiento.
Una vez más la pequeña gritó pidiendo lo que solo ella podía darle.
Sylvia se puso en pie, pero se tambaleó al intentar andar; sus ojos vidriosos se posaron sobre Philip cuando este, de manera instintiva, dio un paso para sostenerla. Pero los ojos de Sylvia no se iluminaron más que si hubiera visto a un extraño; ni siquiera se contrajeron de aversión. Otra figura ocupaba su mente, y veía a Philip igual que a esa mesa inanimada. Y esa manera de mirarlo le hirió más que cualquier signo de aversión.
La contempló subir pesadamente las escaleras y desaparecer; se sentó, sintiéndose de pronto extremadamente débil.
