Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia 4
PHILIP HEPBURN
La costa de Inglaterra donde ocurre esta historia es una sucesión de rocas y acantilados. El interior que queda adyacente a la costa es un terreno llano e inhóspito, y el forastero solo se da cuenta de que se halla en una gran elevación cuando la larga extensión de campos circundados de terraplenes acaba abruptamente en un empinado declive, y puede ver el océano a mayor altura que las arenas que tiene muy por debajo. Aquí y allá, como he dicho, aparece una grieta en el terreno horizontal (que desemboca en el mar en empinados promontorios): lo que en la isla de Wight llaman chine; pero en lugar de un suave viento del sur subiendo furtivo la quebrada boscosa, en los abismos del norte donde ocurre esta historia sopla un viento procedente del este que suena agudo y claro, y que deja a los árboles que se atreven a crecer en sus laderas a la mera altura de un arbusto achaparrado. La caída hacia la costa a lo largo de estas «hoces» es muy abrupto en casi todos los casos, demasiado para un camino de carros o incluso para un camino de herradura, pero la gente puede subir y bajar sin dificultad con la ayuda de unos toscos peldaños que se han tallado aquí y allá en la roca.
