Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Sylvia lo rechazó todo con menos cortesía de la que debería haber mostrado ante los ofrecimientos de aquel hombre tan hospitalario. Molly aceptó un poco de vino y pastel, dejando poco más de la mitad de lo que le habían servido, según la etiqueta de esa parte del país; y también porque Sylvia no paraba de meterle prisas. Pues a esta le desagradaba la idea de que su primo considerara necesario acompañarla a casa, y quería huir de él poniéndose en camino antes de que Philip regresara. Pero sus planes quedaron desbaratados cuando su primo apareció en el salón, lleno de una circunspecta satisfacción que se le derramaba por los ojos, llevando bajo el brazo el paquete de lana roja que Sylvia había elegido de manera tan censurable. Saboreaba ya el placer de acompañarla en el paseo, y casi le sorprendía la seriedad con que sus acompañantes afrontaban la marcha. Sylvia estaba también arrepentida por haber rechazado la hospitalidad del señor John, y ahora se daba cuenta de que ese rechazo no había servido de nada, e intentó añadir cierta recatada dulzura a la despedida, con lo que se ganó el corazón del dueño de la tienda, que la elogió ante Hester de una manera a la que esta, que no se había perdido detalle de lo ocurrido, no supo muy bien cómo responder. ¿Por qué esa hermosa criatura había tenido que rehusar la bienintencionada hospitalidad del señor John de manera tan destemplada?, se preguntaba Hester. ¿Y por qué era tan desagradecida como para intentar frustrar el considerado deseo de Philip de acompañarla por las calles de una ciudad sumida en la violencia y el desorden? ¿A qué obedecía aquello?


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