Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Pero esa idea solo le hizo suspirar, y la apartó enseguida de su imaginación, tan desesperado estaba. No tomó nada para desayunar, aunque el sargento pidió lo mejor. Este observaba a su nuevo recluta por el rabillo del ojo, esperando una protesta, o temiendo que echara a correr.
Pero Philip recorrió con él dos o tres millas en el más sumiso silencio, sin pronunciar una sílaba de arrepentimiento; y ante el juez Cholmley, de Holm-Fell Hall, juró servir a su Majestad bajo el nombre de Stephen Freeman. Con un nuevo nombre, comenzaba una nueva vida. ¡Pero, ah, las anteriores jamás se dejan atrás!