Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Proseguía la terrible mirada de Sylvia: el médico pasó de las palabras a las obras, y suavemente intentó que la joven soltara a su madre. Ella se resistió; apoyaba la mejilla contra la cara inconsciente de su pobre madre.

- ¿Dónde está Hepburn? -dijo-. Debería estar aquí.

Phoebe miró a Nancy, Nancy a Phoebe. Esta replicó:

- No está ni en casa ni en la tienda. Le he visto pasar por delante de la ventana de la cocina no hace ni una hora; pero ni William Coulson ni Hester Rose saben adónde ha ido.

Los labios del doctor Morgan se fruncieron para silbar, pero no emitió ningún sonido.

- ¡Deme a la niña! -dijo de pronto.

Nancy la había quitado de la cama, donde había estado sentada hasta entonces, rodeada por el brazo de su madre. La niñera se la entregó al médico. No perdía de vista los ojos de la madre: vio que seguían a la niña, y se alegró. Le dio un pellizquito a la suave carne del bebé, que lloró de modo lastimero; repitió el pellizco, el mismo resultado. Sylvia colocó a su madre sobre la cama, y extendió los brazos hacia su hija, calmándola, gimiendo.

- ¡Eso está bien! -dijo el doctor Morgan para sí-. Pero ¿dónde está el marido? Debería estar aquí.


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