Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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El bebé se arrastró hacia ella, y Sylvia tuvo que sostener y cuidar a su madre y a su hija. Pareció pasar mucho tiempo antes de que alguien acudiera, y entonces se oyeron voces apagadas, fuerte ruido de pasos: era Phoebe, que acompañaba al médico al piso de arriba, y Nancy venía detrás de él para oír su opinión.

El médico no hizo muchas preguntas, y quien contestó a la mayoría de ellas fue Phoebe, pues Sylvia miraba al hombre con una desesperación sin lágrimas, sin expresión, sin habla, que le hacía sufrir más que ver a la anciana agonizante.

El prolongado declinar de la salud y las facultades de la señora Robson, que el médico conocía perfectamente, le había preparado, en cierto modo, para ese repentino cese de la vida, cuya duración tampoco era muy deseable, aunque había dado diversas instrucciones para tratar su enfermedad; pero lo que realmente le alarmó fue la cara blanca y chupada de Sylvia, los ojos dilatados, el que apenas se diera cuenta de nada; y siguió haciendo preguntas, más para sacar a Sylvia de su enajenamiento, aunque fuera para llorar, que para obtener más información.

- Es mejor que le ponga unos almohadones detrás… no será mucho tiempo; ella no sabe que usted la sostiene, y solo conseguirá cansarse para nada.


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