Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Pasando lentamente de barco en barco cuando se presentaba la ocasión; descansado aquí y allá en hospitales de guarnición, Philip llegó por fin a Portsmouth la tarde de un día de septiembre de 1799. El barco de transporte en el que viajaba iba cargado de heridos y soldados y marineros inválidos; todo el que podía moverse subió a cubierta para ver aparecer las blancas costas de Inglaterra. Un hombre levantó el brazo, se quitó la gorra y débilmente la ondeó sobre su cabeza mientras gritaba «¡Viva por siempre Inglaterra!» con una débil voz chillona, y a continuación se puso a llorar y sollozar a moco tendido. Otros intentaron entonar «Rule Britannia», mientras la mayoría permanecían sentados, débiles e inmóviles, mirando hacia las costas que no hace mucho tiempo habían imaginado no volver a ver jamás. Philip estaba en este último grupo; un poco apartado de los demás. Iba embozado en una enorme capa militar que le había regalado uno de sus oficiales; procedente de un clima templado, y en su lamentable estado de salud, encontraba helada la brisa de septiembre.