Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia En este punto se entrometió Bell Robson; en absoluto porque estuviera molesta o irritada, ni porque temiera lo que su marido pudiera hacer o decir estando bebido, sino por una pura cuestión de salud. Tampoco Sylvia estaba ni mucho menos enfadada; su padre, al igual que todos los hombres que conocía, a excepción de su primo Philip, bebía hasta que se le confundían las ideas. De modo que Sylvia dejó la rueca a un lado, como paso preliminar a ir a acostarse, cuando su madre dijo, en un tono más decidido que el que hubiera utilizado en cualquier otra ocasión que no fuera esta o similares:
- Bueno, señor, ya basta por hoy.
- Déjame, déjame -exclamó él, agarrando la botella, aunque quizá de bastante mejor humor que antes por lo que había bebido.
Vertió un poco más en su vaso antes de que su mujer se la llevara y la encerrara en el armarito, metiéndose la llave en el bolsillo. A continuación Daniel le guiñó el ojo a Philip y dijo:
- ¡Eh, muchacho! ¡Nunca dejes que una mujer lleve la voz cantante! ¡Ya ves en qué acaba la cosa; pero yo seguiré votando a Cholmley, y al diablo la patrulla!