Mary Barton
Mary Barton Sus rostros no eran especialmente bellos; de hecho, con una o dos excepciones, estaban por debajo de la media: tenían el cabello oscuro, limpio y peinado a la manera clásica, y los ojos negros, pero la tez cetrina y los rasgos irregulares. Lo único que llamaría la atención a alguien que pasara por allí sería la agudeza e inteligencia de su semblante, tan frecuentes en la población de una ciudad industrial.
También había varios chicos, o más bien jóvenes, que deambulaban por aquellos campos dispuestos a bromear con cualquiera, y en particular a entablar conversación con las chicas, que, no obstante, guardaban las distancias, no con timidez, sino con independencia, y adoptaban una actitud indiferente ante las ruidosas muestras de ingenio y los cumplidos escandalosos de los muchachos. Aquí y allá se veía alguna pareja silenciosa, enamorados o marido y mujer que hablaban entre susurros, y en este último caso rara vez iban sin un bebé a cuestas, con quien cargaba sobre todo el padre, aunque de cuando en cuando llevaban o arrastraban a tres o cuatro niños pequeños, para que la familia al completo pudiera disfrutar del delicioso día de mayo.