Mary Barton

Mary Barton

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John Barton no iba muy descaminado al suponer que los Carson no lamentarían mucho las consecuencias del incendio de su fábrica. Tenían un buen seguro, la maquinaria carecía de los adelantos de los últimos años y funcionaba mal en comparación con la que podía adquirirse ahora. Por encima de todo, el negocio flojeaba: el algodón no encontraba salida en el mercado y las mercancías empaquetadas se apilaban en los almacenes. Hasta entonces la fábrica había seguido funcionando solo para mantener la maquinaria, humana y metálica, en buen uso y preparada para cuando llegaran tiempos mejores. Así que los Carson juzgaron que era una oportunidad excelente para reconstruir la hilandería con maquinaria de primera, que el dinero del seguro pagaría sobradamente. No obstante, no tuvieron demasiada prisa a la hora de ponerse manos a la obra. El gasto constante de los salarios semanales, inútil en la presente situación del mercado, se había interrumpido. Los socios disfrutaban de más tiempo libre del que habían tenido desde hacía años, y prometieron a sus mujeres e hijas todo tipo de excursiones agradables en cuanto el clima mejorara. Era muy placentero poder demorarse en el desayuno con una revista o un periódico en la mano; disponer de tiempo para conocer mejor a unas hijas encantadoras en cuya esmerada educación no se había escatimado el dinero, pero de cuyo talento apenas podían disfrutar unos padres que pasaban todo el día entre percales y libros de cuentas. Ahora que los hombres de negocios disponían de tiempo para los placeres domésticos, todos gozaban con aquellas felices veladas familiares. Pero había otra cara de la moneda: los hogares sobre los que el incendio de la fábrica de los Carson había arrojado una terrible oscuridad, los hogares de quienes se habían quedado sin empleo y sin posibilidad de encontrarlo, de aquellos para quienes el ocio era una maldición. En ellos la música familiar eran los llantos hambrientos, a medida que pasaban las semanas y seguía sin haber trabajo, ni por tanto salario para pagar el pan que pedían llorando los niños con su impaciencia y sufrimiento infantiles. No había desayuno en el que demorarse; se quedaban en la cama para tratar de seguir calientes a pesar de los fríos marceños, y de aplacar con la inmovilidad el hambre canina que les corroía. Muchos peniques que apenas habrían servido para comprar unas cuantas patatas o unas gachas de avena se invertían en opio para calmar a los niños hambrientos y hacerles olvidar tantas penurias con un sueño profundo y tortuoso. Así era la misericordia materna. Lo mejor y lo peor de nuestra naturaleza salía a relucir entonces. Había padres desesperados, madres de lengua afilada (¡cómo extrañarse!), hijos descastados: los lazos más íntimos de nuestra naturaleza se cortaban en esa época de prueba y tribulación. Había una fe que el rico es incapaz de concebir, un «amor más fuerte que la muerte[14]» y una generosidad por parte de aquellos hombres toscos y rudos comparable a la de sir Philip Sidney en su momento más glorioso[15]. Los vicios de los pobres a veces nos sorprenden, pero estoy convencida de que, cuando se conozcan los secretos de todos los corazones, sus virtudes aún nos sorprenderán más.


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