Mary Barton
Mary Barton Cuando llegó la fría y desolada primavera (una primavera solo de nombre) y el negocio siguió sin remontar, otras fábricas redujeron los jornales, despidieron obreros y por fin dejaron de funcionar.
Barton trabajaba menos horas; Wilson, por supuesto, al ser obrero en la fábrica de Carson, se había quedado sin trabajo. Pero su hijo trabajaba con un ingeniero y ganaba lo suficiente para mantener a toda la familia. No obstante, a Wilson le dolía depender así de su vástago. Se sentía desanimado y deprimido. Barton estaba malhumorado y amargado con la humanidad en general y los ricos en particular. Una tarde en que la claridad de las seis de la tarde contrastaba extrañamente con el frío que casi parecía navideño y el viento cortante se colaba por todas las rendijas, Barton estaba sentado meditabundo delante del parco fuego, atento por si oía los pasos de Mary, secretamente convencido de que su presencia le alegraría. La puerta se abrió y entró Wilson casi sin aliento.
—No tendrás un poco de dinero, ¿verdad, Barton? —preguntó.
—No, ya me gustaría. ¿Para qué lo quieres?
—No es para mí, aunque tampoco andamos sobrados. ¿Conoces a Ben Davenport, el que trabajaba en la hilandería de Carson? Ha contraído unas fiebres y no hay un poco de leña ni una patata fría en toda la casa.