Mary Barton
Mary Barton Me temo que fue muy taimada. Fingió leer muy concentrada y no oír una palabra de lo que se decía, cuando en realidad lo oyó todo, incluso los largos y profundos suspiros de Jem que le encogían el corazón. Por fin, cogió su Biblia, como si la conversación le impidiera concentrarse, y subió a su dormitorio. ¡Sin apenas dirigirle la palabra a Jem, mirarle o reparar en su hermosa «dulce Nancy» que solo esperaba un elogio suyo! Por suerte él ignoraba que en su cuarto había un jarroncito blanco con un lujoso ramo de flores primaverales que iluminaba y llenaba de fragancias la habitación. Eran el regalo de su enamorado rico. Y Jem, atrapado en su propia trampa, tuvo que quedarse con John Barton, prestar oídos a su conversación y responderle lo mejor que pudo.
—Este ejemplar del Star tiene mucha razón, da justo en el clavo. Hay un buen artículo sobre la reducción de jornada.
—¿Con la misma paga que ahora? —preguntó Jem.
—¡Sí, sí! Si no ¿de qué serviría? La idea es sacarles a los señores del bolsillo lo que pueden permitirse pagar. ¿Alguna vez te he contado lo que me dijo el tipo del hospital hace muchos años?
—No —dijo, apático, Jem.