Mary Barton
Mary Barton —Bueno, sabrás que una vez que corrÃan malos tiempos estuve en el hospital por una fiebre. HabÃa allà tipos que eran buenos con uno cuando estaba con vida, aunque después de muerto te cortaran en pedazos. El caso es que cuando me encontré mejor de la fiebre, aunque todavÃa estaba muy débil, me dijeron: «Si sabes escribir, puedes quedarte una semana más a ayudar al cirujano a organizar sus papeles y te daremos de comer y beber. En una semana estarás mucho más fuerte». Semejante oferta solo tenÃa una respuesta. Asà que empecé a copiar y escribir; se me da bien escribir, aunque los médicos tienen una caligrafÃa tan rara que tenÃa que ir letra por letra como un gallo picoteando granos de trigo. El caso es que hubo algo que me sorprendió mucho y decidà preguntárselo al cirujano. No se me dan bien los números, pero comprendà que la mayorÃa de los que ingresaban era por accidentes ocurridos en las dos últimas horas de trabajo, cuando la gente está cansada y se vuelve más descuidada. El cirujano dijo que era cierto y que querÃa sacar a la luz aquellos datos.
Jem estaba pensando en la reacción de Mary, pero una pausa le indicó que debÃa darle a entender que seguÃa escuchando a su padre; asà que dijo:
—Muy cierto.