Mary Barton

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Hacía tres años que el comercio había ido empeorando y que el precio de los alimentos iba en aumento. La disparidad entre lo que ganaban los obreros y el precio de la comida causaba enfermedades y muerte en más casos de lo que sería imaginable. Familias enteras padecían una inanición gradual. Solo les faltaba un Dante que describiera su sufrimiento. Y, no obstante, incluso sus palabras se quedarían cortas al describir la terrible verdad; pues solo podrían ofrecer un esbozo de la tremenda miseria que acosaba a miles de personas en los terribles años de 1839, 1840 y 1841. Incluso los filántropos que han estudiado la cuestión se han visto obligados a admitir su perplejidad respecto a las verdaderas causas de esa pobreza; el asunto era de naturaleza tan compleja que resultaba casi imposible entenderlo por completo. No es de extrañar por tanto que hubiera muy mala sangre entre los obreros y las clases superiores en esos años de privaciones. La indigencia y el sufrimiento de los operarios de las fábricas llevaba a sospechar a muchos de ellos que los legisladores, los magistrados, los patronos e incluso los sacerdotes eran, en general, sus opresores y sus enemigos, y estaban confabulados para oprimirlos y explotarlos. El mal más deplorable y duradero que surgió en ese período de depresión comercial al que me estoy refiriendo fue la sensación de alienación entre las distintas clases sociales. Resulta tan imposible describir, o incluso esbozar vagamente, la miseria que prevaleció en la ciudad en esa época que no trataré de hacerlo, aunque creo que no llegó a saberse en otras tierras cristianas, o quienes eran más felices y afortunados se habrían apresurado a ofrecer su ayuda y su consuelo. En muchos casos, los afectados primero lloraron y luego maldijeron. Sus ansias de venganza se expresaron en forma de fanatismo político. Y cuando oigo, como he oído, hablar de los sufrimientos y privaciones de los pobres, de tiendas de comestibles que vendieron el té, el azúcar, la mantequilla e incluso la harina para acomodar a los indigentes; de padres que pasaron siete semanas sentados junto al fuego para dejar su cama y sus mantas a su familia; de otros que durmieron sobre el frío suelo varias semanas, sin medios para conseguir comida y combustible (y eso en lo más crudo del invierno); de otros que tuvieron que ayunar días enteros sin que los animara la menor perspectiva de mejorar su fortuna, teniendo que vivir además en una buhardilla abarrotada o en un húmedo sótano, y empujados poco a poco por la desesperación y la necesidad a una tumba prematura; y cuando eso me lo han confirmado sus rostros exhaustos, sus sentimientos exaltados y sus hogares desolados, ¿cómo va a extrañarme que, en épocas de semejante miseria y privaciones, muchos de ellos hablasen con ferocidad y precipitación?


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