Mary Barton
Mary Barton —Padre, ¿se ha enterado de que George Wilson ha muerto? —Él le apretó de pronto la mano casi con violencia—. Murió fulminado ayer por la mañana en Oxford Road. Es muy triste, ¿verdad, padre?
Estaba a punto de verter sus lágrimas cuando miró el rostro de su padre en busca de compasión. No obstante encontró la misma mirada fija y desesperada, que ni el pesar por los muertos habÃa podido cambiar.
—Es mejor para él estar muerto —dijo en voz baja.
Era insoportable. Mary se levantó con la excusa de ir a avisar a Margaret de que no hacÃa falta que fuese a dormir con ella esa noche, pero en realidad fue a pedirle a Job Legh que fuese a animar a su padre.
Se detuvo ante la puerta. Margaret estaba ensayando una canción y en el tranquilo aire nocturno se oÃa su voz parecida a la de un ángel.
—Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios[36].
Las antiguas palabras del profeta hebreo cayeron como rocÃo sobre el corazón de Mary. No fue capaz de interrumpir a Margaret. Se quedó escuchando y se consoló, hasta que oyó el familiar zumbido de la conversación; entonces entró y les explicó lo que la habÃa llevado hasta allÃ.
Tanto el abuelo como la nieta se pusieron en pie para cumplir sus deseos.