Mary Barton
Mary Barton Cuando terminó de comer y recobró un poco las fuerzas, se quedaron un rato frente al fuego sin decir nada, pues, aunque Mary quería que le contara la razón de su abatimiento, no se atrevía a preguntarle. E hizo bien, pues cuando un peso nos agobia es mejor que nos dejen soltarlo a nuestro modo y cuando mejor nos parezca.
Mary se sentó en un taburete a los pies de su padre como cuando era pequeña y le cogió de la mano, mientras se contagiaba de su tristeza y «aprendía a sufrir y suspiraba[35]» sin saber por qué.
—Mary, tenemos que hablarle a Dios, pues los hombres se niegan a escuchar, aunque lloremos lágrimas de sangre.
Enseguida Mary comprendió lo que angustiaba de aquel modo a su padre. Le apretó la mano con silenciosa compasión. No sabía qué decir, y temía tanto pronunciar la palabra equivocada que prefirió guardar silencio. Pero, al cabo de media hora, cuando vio que su padre no cambiaba de actitud y seguía con la mirada perdida en el fuego y sin emitir otro sonido que un profundo suspiro que interrumpía de vez en cuando el fatigoso tictac del reloj y el tamborileo de la lluvia en el tejado, Mary no podía aguantar más. Cualquier cosa le parecía buena con tal de sacar a su padre de su estupor. Incluso una mala noticia.