Mary Barton

Mary Barton

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Mary tuvo que cambiarse de ropa al llegar a casa; y apenas había terminado de hacerlo cuando oyó a alguien que forcejeaba con el picaporte de la puerta de entrada. El ruido duró lo bastante para que tuviese tiempo de levantarse e ir a abrir. Y se encontró… ¿sería posible? Sí, era su padre.

Estaba agotado y calado hasta los huesos. Entró sin responder al alegre y sorprendido saludo de Mary. Se sentó sin hacerle caso junto al fuego con la ropa mojada. Pero Mary no quiso dejarlo en paz. Corrió al piso de arriba y bajó su ropa de faena, entró en la despensa para rebuscar entre sus escasas provisiones mientras él se cambiaba junto al fuego y le habló con la mayor alegría, aunque la desazón de su padre le pesaba como plomo en el corazón.

Mary, encerrada en casa de la señorita Simmonds —donde los principales temas de conversación eran la moda, los vestidos y las fiestas en las que harían falta tales o cuales atuendos, entreverados en ocasiones con susurros sobre amoríos y enamorados— no se había enterado de la noticia política del día: el Parlamento se había negado a escuchar a los trabajadores, cuando pidieron, con toda la fuerza de sus palabras rudas y sin censurar, que oyeran lo que tenían que decir sobre la desdicha que arrasaba, como el Conquistador en su caballo pálido[34], a la gente, les arrancaba la vida y dejaba sus tristes huellas en toda la región.


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