Mary Barton
Mary Barton »Así que ella le dio un beso muy largo a la niña y mirándome a la cara para que entendiera lo que ocurría me la entregó sin decir palabra. Yo no quería moverme de allí, pero comprendí que sería mejor irse. Así que le di un empujón a Jennings, que se había quedado dormido, y dije: “¿Cuánto le debemos, señora?”, e hice tintinear el dinero para que no pensara que no teníamos un céntimo. Ella miró al marido, que no decía nada pero no dejaba de mirarnos, y, al ver que él no iba a responder, preguntó en tono dubitativo, como si le tuviera miedo: “¿Le parece muy caro seis peniques?”. Era mucho más barato que una taberna porque antes de que bajara el hombre habíamos comido mucho. Así que le dije: “¿Y cuánto le debemos por el pan y la leche del bebé?”. (Había pensado decirle: “y por todas las molestias que se ha tomado”, pero no tuve valor porque comprendí por su forma de comportarse que lo había hecho por pura bondad). Así que me respondió mirando de reojo las espaldas de su marido, que seguía escuchando con la mayor atención: “¡Oh!, no podríamos cobrarle la comida de la niña, ni aunque hubiese comido el doble, pobrecita”. Al oírla, él se volvió y la miró con enorme desdén. Ella entendió lo que eso significaba y corrió a su lado y le puso la mano en el brazo. Pensé que iba a quitársela de una sacudida, pero la mujer dijo en voz baja: “Aunque solo sea en recuerdo del pobre Johnnie, Richard”. El marido no habló ni se movió y, tras mirarla a la cara una vez más, se volvió tragando saliva. Ella volvió a besar al bebé dormido cuando le pagué. Para calmar al malhumorado marido y que no la regañara le dejé otros seis peniques debajo de la bandeja y luego nos pusimos otra vez en camino. La última vez que la vi se estaba secando las lágrimas con el delantal mientras preparaba el desayuno de su marido. Pero en el cielo la reconoceré. —Se detuvo para pensar en aquella lejana mañana de mayo cuando había cargado con su nieta por los lejanos setos y debajo de los sicomoros en flor—. No hay más que contar —le respondió a Margaret cuando le pidió que continuara—. Esa noche llegamos a Manchester y descubrí que Jennings prefería que yo me quedara con la niña, así que la traje a casa y hasta hoy ha sido mi bendición.