Mary Barton
Mary Barton Todos guardaron silencio unos minutos, cada cual pensando en lo suyo. Luego, casi al mismo tiempo, concentraron su atención en Mary. Sentada en su taburete, con la cabeza apoyada en la rodilla de su padre, dormía como una recién nacida, respiraba con la misma suavidad con que entra un pajarillo en su nido. La boca entreabierta tenía un color tan escarlata como las bayas de invierno y contrastaba agradablemente con su tez pálida, que la sangre elocuente[39] teñía de carmesí con cada movimiento. Sus negras pestañas se posaban sobre su delicada mejilla ensombrecida por la maraña de cabellos dorados que parecía formar un nido sobre el que reposaba su cabeza. Su padre, orgulloso, desenredó uno de sus rizos como para mostrar lo largo y sedoso que era. Aquel sencillo gesto la despertó y como nueve de cada diez personas en circunstancias similares exclamó abriendo mucho los ojos:
—No estoy dormida. He estado despierta todo el tiempo.
Ni siquiera su padre pudo contener una sonrisa, y Job Legh y Margaret se echaron a reír.