Mary Barton

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—Vamos muchacha —dijo Job—, no te lamentes tanto por haberte dormido mientras un anciano hablaba de los viejos tiempos. Con eso se duerme cualquiera. A ver si eres capaz de no cerrar los ojos mientras le leo a tu padre un poema escrito por un tejedor como nosotros. Debió de ser un hombre excepcional si supo tejer unos versos así.

Se ajustó las gafas a la nariz, bajó la barbilla, cruzó las piernas, carraspeó para aclararse la voz y leyó un poema de Samuel Bamford[40] que había encontrado en algún sitio.

Dios ayude al pobre que en esta mañana invernal

recorra callejas lúgubres y plazuelas oscuras;

Dios ayude a esa pobre y pálida joven que encorvada va

y soporta humilde su aflicción;

Dios la ayude, cordero extraviado y tembloroso,

de labios lívidos y manos heladas y enrojecidas;

sus ojos hundidos miran con modestia al suelo,

su cabello negro como la noche ondea al viento,

su hermoso seno está casi al aire,

y, ¡ay!, en él se hiela la nieve fría;

los pies entumecidos, los zapatos rotos y gastados,

Dios te ayude, cordero extraviado y triste.


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