Mary Barton
Mary Barton ¡Dios ayude al pobre!
¡Dios ayude al pobre! El llanto apagado de un recién nacido
se oye en el estrecho callejón, y ahÃ
una mujer acurrucada y mortalmente pálida
acuna a su hijo para protegerlo del frÃo;
su ropa es escasa, su gorro está roto y desgarrado;
el niño va envuelto en un fino chal:
y asà soporta el viento implacable de la mañana,
que casi le hiela el corazón,
y, ahora de pronto, echa una mirada famélica
al ver pasar una carretilla de pan
y, mientras la tentadora carga de largo pasa,
ella llora. ¡Dios te ayude, desdichada!
¡Dios ayude al pobre!
¡Dios ayude al pobre! Mira a ese muchacho hambriento,
sin zapatos, ni medias que protejan sus pies lacerados;
cojeando y con la mirada triste,
deambula y se para a mirar
los escaparates repletos de comestibles.
Solo desea comer alguna cosa.
¡Ay!, hasta el más tosco manjar es para el paladar hambriento