Mary Barton
Mary Barton un placer que solo él conoce.
Ahora devora una corteza mohosa de pan;
el precioso botín desmiga con uñas y dientes,
y ajeno a la tormenta que en torno a él
aúlla y sopla. ¡Dios te ayude, niño perdido!
¡Dios ayude al pobre!
¡Dios ayude al pobre! Aún otro he encontrado:
un hombre venerable y encorvado;
lleva atado el sombrero roto con una cinta descolorida,
su abrigo gris está hecho jirones.
El rudo viento se burla de sus canas
y levanta su camisa.
Luego, se vuelve, mira con ojos pensativos,
y con un escueto pañuelo se seca la lluvia cegadora,
y mira a un lado y otro, como si buscara
a los amigos con quienes antaño disfrutara:
¡ay!, unos han muerto y otros hace tiempo que dejaron
de reconocerlo y lo han abandonado.
¡Dios ayude al pobre!
Dios ayude al pobre, que vive en valles solitarios,
o en colinas lejanas, donde crecen el brezo y los tojos;
la suya es una triste historia;