Mary Barton
Mary Barton poco importan al mundo, que nada sabe de ellos,
sus penurias y los esfuerzos de esos hombres.
El fatigoso telar los llama por la mañana;
trabajan hasta que se duermen exhaustos;
saborean, pero no comen. La nieve se acumula
en torno a la cuna sin fuego y bloquea la puerta;
la tormenta en el páramo aúlla de noche su fúnebre canto.
¿Habrán de morir asÃ… oprimidos y olvidados?
¿Trabajarán y pasarán hambre sin esperanza?
¡No! ¡Dios despertará y ayudará a los pobres!
—Amén —dijo Barton en tono triste y solemne—. ¡Mary, muchacha! ¿Crees que podrÃas copiarme esos versos?, si a Job no le importa, claro.
—Qué me va a importar. Cuanto más se oigan mejor.
Asà que Mary cogió el papel. Y al dÃa siguiente, en una cuartilla rodeada de flechas y corazones, una tarjeta de san ValentÃn que sospechaba que le habÃa enviado Jem Wilson, copió el precioso poema de Bamford.