Mary Barton
Mary Barton Una vez decidido el asunto, el grupo partió hacia casa de los Barton y pasó por muchas calles a medio construir, tan parecidas unas a otras que habría sido fácil confundirse y extraviarse. No obstante, nuestros amigos no dieron un solo paso en falso: siguieron por esa bocacalle de ahí y doblaron por la esquina de más allá hasta llegar a una de esas calles innumerables que desembocan en una plazuela empavesada a la que dan la espalda las casas y por cuyo centro corre un arroyo donde arrojar el agua de fregar y demás. Las mujeres que vivían en dicha plazuela se afanaban recogiendo las cintas de sombrero, los vestidos y la ropa de cama que había tendidos de un lado al otro, colgando tan bajo que, si nuestros amigos hubiesen llegado unos minutos antes, habrían tenido que agacharse mucho para pasar, o la ropa medio húmeda les habría dado en la cara; pero, aunque a campo abierto parecía que todavía no era tarde, entre las casas de tejados altos ya había empezado a caer la noche con sus nieblas y oscuridades.
Los Wilson intercambiaron muchos saludos con aquellas mujeres, pues no hacía tanto tiempo que ellos también habían vivido allí.
Dos muchachos rudos que estaban en una puerta de aspecto desvencijado exclamaron al ver pasar a Mary Barton (la hija):
—¡Eh, mirad! Polly Barton se ha echado novio.