Mary Barton
Mary Barton —Le agradezco, señor, que me haya dicho estas palabras. Pensará que soy una tonta, pero siempre creà que tenÃa intención de casarse conmigo, y aun asà no logré amarle. De todos modos, siento haber prolongado tanto tiempo mi trato con usted. Y ahora, señor, le digo que, aunque le hubiese querido antes, no podrÃa seguir queriéndole después de que me haya confesado que buscaba mi ruina, pues a eso se reduce que no quisiera usted casarse conmigo hasta ahora. He dicho que lo lamentaba y que le pedÃa humildemente perdón, pero eso fue antes de saber lo que era usted. Ahora le desprecio por haber tratado de deshonrar a una pobre chica. Buenas noches.
Y con un tirón para el que habÃa reservado todas sus fuerzas, se soltó como un resorte. Se oyeron sus pasos huir por la calle silenciosa. Un segundo después lo que se oyó fue la risa de Sally, que le chirrió en los oÃdos al señor Carson y le irritó profundamente.
—¿Qué es lo que te parece tan gracioso, Sally? —preguntó.
—¡Oh, señor, le ruego que me perdone! Le ruego humildemente que me perdone, como dice Mary, pero es que me da risa pensar en cómo nos ha engañado. —Estuvo a punto de decir «le ha engañado», pero cambió el pronombre a tiempo.
—Vaya, Sally, ¿acaso sabÃas que iba a huir asà de mÃ?