Mary Barton
Mary Barton Mary estaba convencida de haber alejado a sus dos pretendientes. Pero cada uno se lo tomó de manera muy distinta. El que la amaba con todo su corazón y toda su alma lo consideró definitivo. No se consoló con la idea, que en su caso habría estado muy bien fundada, de que las mujeres se piensan dos veces si rechazar o no a sus pretendientes. Respetaba demasiado su amor para creerse indigno de Mary y esa falsa modestia ni siquiera se le pasó por la cabeza. Pensaba que «no era del gusto de Mary» y, aunque pueda parecer una expresión manida, eso le hería en lo más hondo del corazón. Se le ocurrieron varias ideas descabelladas como alistarse en el ejército, darse a la bebida y otros actos desesperados; pero la imagen de su madre se interponía como un ángel con la espada desenvainada en el camino del pecado[49], pues era el «único hijo de una viuda[50]» que dependía de él para el pan nuestro de cada día. No podía permitirse desperdiciar ni su salud ni su tiempo, que eran el dinero con que sustentarla en la vejez. Fue a trabajar en apariencia igual que siempre, aunque con el corazón destrozado.