Mary Barton
Mary Barton —¡Querida, estás sufriendo por mÃ! Y no hay necesidad, Mary. Soy tan feliz como una niña. A veces creo que lo soy y que el Señor me está mandando a dormir para siempre. Cuando trabajaba de niñera, la señora siempre me decÃa que hablara en voz baja y apagara la luz para que el niño se durmiera; y ahora todos los ruidos se han acallado y la tierra parece oscura y sé que es mi Padre que me anima a dormir. Estoy bien y no debes preocuparte por mÃ. He gozado en esta vida de todas las bendiciones que podÃa desear.
Mary pensó en su tantas veces postergado deseo de volver a visitar la casa de su infancia y que ahora, probablemente, no llegarÃa a realizar. O, en todo caso, resultarÃa muy distinto de lo que habÃa imaginado. SerÃa como una burla para la sorda y ciega Alice.