Mary Barton
Mary Barton La velada concluyó rápidamente. Dieron cuenta alegremente de la frugal cena, se despidieron alegres y bulliciosos, y Mary regresó a la soledad y el silencio de su hogar sucio y mugriento; su padre aún no había vuelto, el fuego estaba apagado y la labor de la tarde seguía esperándola sobre el aparador. Pero había sido un agradable interludio. La había distraído unas horas de las muchas ideas apremiantes y de la desazón de aquellos días negros y angustiosos en que la necesidad y el dolor parecían acosarla por doquier: su padre tan cambiado, con la salud quebrantada y el corazón amargado; los días monótonos que pasaba trabajando con los odiosos susurros de Sally Leadbitter silbándole en los oídos; las miradas a la calle desde el portal de la señorita Simmonds para cerciorarse de que no la estaba esperando su testarudo pretendiente, que seguía persiguiéndola con increíble perseverancia y que últimamente se le había hecho odioso por su comportamiento, impropio de un hombre, al obligarla a detenerse y escucharle, y por la indiferencia con que la había expuesto a los comentarios de los viandantes, que podían desatar un rumor de consecuencias terribles si llegaba a oídos de su padre y aún peores si llegaba a los de Jem Wilson. Y todo por culpa de sus insensatos coqueteos. ¡Oh, cómo odiaba el recuerdo de aquella tarde de verano en que, cansada de bordar y coser, se había entretenido a la hora de volver a casa y había escuchado por primera vez la voz tentadora!