Mary Barton
Mary Barton «Enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme[57]». ¿Tendremos el lector o yo esa suerte? Sé de una que sí la tuvo. Un capataz de una fundición[58], un hombre de edad avanzada y pelo cano, hacía años que dedicaba los domingos a visitar a los presos y los afligidos en la cárcel de New Bailey, no solo para aconsejarles y consolarles, sino para enseñarles un modo de recobrar la virtud y la paz perdidas, garantizarles un empleo y no abandonar nunca a quienes le habían pedido ayuda[59].
La condena de Esther llegó a su fin. El director de la prisión destacó su buena conducta; había recogido estopa a diario, no se había hecho merecedora del castigo adicional de la noria y su forma de hablar había sido siempre educada y decorosa. Una vez más, volvía a estar en la calle. La puerta de la cárcel se cerró a sus espaldas con gran estruendo y ella se sintió tan desamparada como si la hubiesen echado de casa, del único refugio que conocía, pues no tenía ni un penique ni ningún sitio adonde ir aquel día terrible.