Mary Barton
Mary Barton Luego vino un largo período de privaciones físicas en que a él y a su hija les faltó la comida a diario y, aunque trató de convencerse de que podía soportar la necesidad con estoica indiferencia y le dio menos importancia que la mayoría de los hombres, su cuerpo se vengó de aquellas desagradables sensaciones. Se le amargó la inteligencia y perdió casi toda su ecuanimidad. Dejó de ser flexible como había sido en la juventud o en épocas de relativa felicidad: abandonó toda esperanza. Y es difícil vivir cuando no se tiene esperanza.
El mal que aquejaba a John Barton, de haberlo padecido alguien que hubiese tenido tiempo de pensar en tales cuestiones y médicos para ponerle nombre, se habría llamado monomanía; así de agobiantes e incesantes eran las ideas que le acosaban. En alguna parte he leído la detallada descripción de un castigo digno de un Borgia. Al supuesto o auténtico criminal se le encerraba en un cuarto con todos los lujos y comodidades, por lo que al principio no lamentaba mucho su encarcelamiento. Pero, día tras día, se iba dando cuenta de que el espacio entre las paredes de la habitación iba disminuyendo y por fin comprendía el final que le esperaba: las paredes podían llegar a acercarse lo bastante para arrancarle la vida aplastándolo.