Mary Barton
Mary Barton Asà se fueron acercando, dÃa tras dÃa, los pensamientos enfermos de John Barton. Acabaron excluyendo la luz del cielo y los alegres sonidos de la tierra. Estaban preparando su muerte.
Es cierto que gran parte de su enfermiza influencia se podrÃa atribuir al opio. Pero antes de que el lector censure su uso, o más bien abuso, deberÃa probar a vivir una vida sin esperanza y a pasar hambre a diario. No solo a sentirse desesperanzado él mismo, sino a ver a todos los que lo rodean reducidos a la misma situación por las mismas circunstancias, y que todos le den a entender (aunque sea sin palabras), con su apariencia y la debilidad de sus actos, que están sufriendo y hundiéndose apremiados por la presión de la necesidad. ¿Acaso no preferirÃa él también olvidar la vida y sus cargas? Y el opio proporciona olvido por un tiempo.
Es verdad que quienes lo compran pagan muy caro ese olvido, pero ¿puede esperarse que la gente sin educación sea capaz prever las consecuencias? ¡Pobres desdichados! Pagan un precio muy elevado. DÃas de fatiga y languidez opresivas, cuya realidad tiene la débil morbidez de un sueño; noches con pesadillas que son realidades agónicas y feroces; una salud desmejorada; temblores; una locura incipiente, y lo que es peor: la conciencia de esa locura incipiente. He aquà el precio. Pero ¿quién les ha enseñado la ciencia de las consecuencias?