Mary Barton
Mary Barton La señora Barton era demasiado bien educada para hacer otra cosa que sentarse a la mesa para preparar el té, aunque en el fondo de su corazón tenía ganas de supervisar cómo freían el jamón, y miraba con preocupación a Mary, que estaba cascando los huevos y dándole la vuelta al jamón con mucha confianza en sus habilidades culinarias. Jem se quedó de pie apoyado con desgarbo en el aparador y respondió con hosquedad a los sermones de su tía, que le trataba como a un niño, o eso le parecía a él, que se tenía a sí mismo por un joven, y ni siquiera eso, pues al cabo de dos meses cumpliría dieciocho años. John Barton iba y venía encantado del fuego a la mesa del té, con la única preocupación de ver cómo, de vez en cuando, el rostro de su mujer parecía ruborizarse y contraerse de dolor.
Por fin empezó la verdadera diversión. Se oyó el ruido de los cuchillos, los tenedores, las tazas y los platillos, y las voces se interrumpieron porque todo el mundo tenía hambre y no era momento de hablar. Alice fue la primera en quebrar el silencio: sostuvo la taza como quien va a proponer un brindis y dijo:
—Por los amigos ausentes, que se reunirán aunque los separen las montañas.