Mary Barton

Mary Barton

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Enseguida comprendió que había sido un brindis o un sentimiento desafortunado. Todos pensaron en Esther, la ausente Esther; y la señora Barton dejó de comer y no pudo contener las lágrimas. Alice deseó haberse mordido la lengua.

Fue un jarro de agua fría, porque, aunque ya se habían dicho en el campo todo lo que había que decir, todos querían añadir algo para consolar a la pobre señora Barton y, al verla llorar a lágrima viva, se les quitaron las ganas de hablar de otra cosa. De modo que George Wilson, su mujer y los niños se volvieron pronto a casa, no sin antes (y a pesar de los brindis mal-à-propos) expresar el deseo de verse con más frecuencia, y sin que John Barton accediera de todo corazón y afirmara que, en cuanto su mujer se recuperase, volverían a quedar para pasar la tarde.

«Me cuidaré mucho de venir a aguarles la fiesta», pensó la pobre Alice, y se acercó a la señora Barton, la cogió humildemente de la mano y dijo:

—No sabes cuánto siento haber dicho eso.

Para su sorpresa, una sorpresa que hizo que brotaran lágrimas de alegría de sus ojos, Mary Barton le echó los brazos alrededor del cuello y besó a la contrita Alice.


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