Mary Barton
Mary Barton —¿Y pudiste averiguar dónde vive la mujer? —preguntaron conmovidas varias voces.
—¡No!, siguió hablando de ella, hasta que sus palabras me hirieron como un cuchillo. Le insistà a la enfermera para que averiguase quién era y dónde vivÃa. Pero mis motivos para contaros todo esto son otros: en primer lugar, querÃa que supierais por qué no estaba esta mañana en mi puesto; y, en segundo, querÃa deciros que, por mi parte, ya he visto suficientes agresiones a los esquiroles y no quiero tener nada que ver con ellas. —Se oyeron algunas expresiones en contra, pero John no hizo ningún caso—. ¡No!, no soy ningún cobarde —replicó—, y no puedo ser más sincero. Lo que pretendo y estoy dispuesto a hacer es luchar contra los señores. Hay aquà quien me ha llamado cobarde. ¡Bueno!, todo el mundo tiene derecho a opinar, pero lo he estado pensando y creo que los cobardes hemos sido nosotros al atacar a los pobres, que no tienen a nadie que les ayude y deben escoger entre el vitriolo y el hambre. Es más cobarde eso que dejarlos en paz. ¡No!, lo que propongo es esto: ¡que pague el patrón! —Y volvió a gritar—: ¡Que pague el patrón! —Bajó la voz y todos le escucharon conteniendo el aliento—: Son ellos quienes han traÃdo toda esta desgracia y ahora tendrán que pagarla. El que me ha llamado cobarde tendrá ahora ocasión de comprobarlo. Dejad que les dé su merecido a los señores y veremos si me vuelvo atrás.