Mary Barton
Mary Barton —Si dejásemos a uno medio muerto de una paliza, se les meterÃa el miedo en el cuerpo.
—¡SÃ!, o muerto del todo —gruñó otro.
Y con palabras y miradas más elocuentes que las palabras trazaron un mortÃfero plan. El tono de sus arengas se volvió más sombrÃo y siniestro mientras murmuraban con voz ronca, y el brillo de sus ojos revelaba a los demás el miedo que les inspiraba lo que decÃan. Sus puños y sus dientes apretados y su tez lÃvida mostraban bien a las claras el sufrimiento de su espÃritu al considerar el crimen y familiarizarse con los detalles.
Luego se oyó uno de esos terribles juramentos que unen a los miembros de los sindicatos para determinados propósitos. Después volvieron a reunirse a la luz llameante de las lámparas de gas. La sensación de culpabilidad creaba sospechas entre los congregados y temor a ser traicionados. Cogieron varios pedazos de papel (el mismo donde esa mañana se habÃa dibujado la caricatura) y marcaron uno. Luego los metieron doblados en un sombrero. Apagaron la luz y cada cual sacó un papel. Volvieron a encender el gas. Después cada cual se alejó lo más posible de sus cómplices y examinó sin decir palabra el papel que le habÃa tocado en suerte con una expresión de lo más imperturbable.
Luego, todavÃa sin decir nada, cogieron los sombreros y cada cual se fue por su lado.