Mary Barton
Mary Barton Le habrÃa gustado saber cuánto tiempo pensaba quedarse Job. No querÃa soltar la labor y echarse a llorar delante de él, pero nunca habÃa deseado tanto estar sola para dar rienda suelta a las lágrimas.
—En fin, Mary —le oyó decir de pronto—, pensé que esta noche estarÃas un poco sola; y, como Margaret ha ido a acompañar a la anciana, se me ha ocurrido pasar a hacerte compañÃa; ha sido muy agradable charlar contigo. Pero me extraña que Margaret no haya vuelto ya a casa.
—A lo mejor sà ha vuelto —sugirió Mary.
—No, no, ya me he asegurado de eso. ¡Mira! —y sacó la enorme llave de la casa—. Tendrá que esperar en la calle y estoy seguro de que no lo hará, porque sabe dónde encontrarme.
—¿Y podrá venir sola? —preguntó Mary.
—SÃ. Al principio no me fiaba y la seguÃa sin que se diera cuenta, claro. Pero, ¡bendita sea!, anda con paso tan firme como el que más, un poco más despacio y con la cabeza ladeada como si escuchara. Y da gusto verla cruzar la calle. Espera hasta oÃr que todo está en silencio, no es que esté tan ciega que no pueda distinguir un carro o un carruaje, pero le cuesta calcular la distancia a la que se encuentra, asà que se pone a escuchar. ¡Mira! ¡Ahà está!