Mary Barton

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Cuando la noche empezó a dar paso a la mañana, la puerta del comedor se abrió y se oyeron pasos de dos personas en el vestíbulo. El superintendente se iba por fin. El señor Carson aguardaba en los escalones de la entrada sintiendo el fresco aire matutino y viendo cómo se apagaba el resplandor de las estrellas.

—No lo olvide —dijo—. Confío en usted. —El policía asintió—. No reparen en gastos. El único propósito que tiene ahora mi dinero es lograr que detengan al asesino. Mi esperanza es verlo condenado a muerte. Ofrezca todas las recompensas que hagan falta. Mencione las mil libras en los carteles. Venga a verme a cualquier hora del día o de la noche si es necesario. Lo único que le pido es que ahorquen al asesino. La semana que viene, si es posible… Hoy es viernes. Sin duda con las pistas que obran ya en su poder podrán reunir pruebas suficientes para juzgarlo la semana que viene.

—Podrá pedir un aplazamiento alegando la precipitación del apercibimiento —objetó el superintendente.

—Deniéguenselo, si es posible. Me aseguraré de contratar a los mejores abogados. No conocerá la paz mientras viva.

—Haremos todo lo que esté en nuestra mano, señor.

—Arréglelo usted con el juez de instrucción. A las diez en punto, si le viene bien.


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