Mary Barton

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El superintendente se marchó.

El señor Carson no se movió de los escalones, temeroso de abandonar la luz y el aire y volver a la casa lúgubre y hechizada.

—¡Mi hijo, mi hijo! —exclamó por fin—. Pero vengaré a mi pobre muchacho asesinado.

¡Sí! El asesino había escogido a su víctima para vengarse de las injusticias recibidas y con ese acto había tomado una vida que Dios había dado. El anciano vivía solo para vengar la muerte de su niño, y el único propósito que albergaba su corazón era vengarse del asesino. Es cierto que la ley amparaba aquella venganza, pero ¿dejaba por eso de ser una venganza?

¿Adoramos a Cristo o a Alecto[75]?

¡Ay, Orestes, qué buen cristiano habrías sido en el siglo XIX!




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