Mary Barton

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Por la tarde, cuando Jane Wilson empezaba a sentir los efectos de la noche en vela, tal como ponían de manifiesto las numerosas cabezadas que había dado junto a la cama de su cuñada, arrullada por el incesante murmullo de la débil voz de la enferma, le sorprendió oír a un hombre en el piso de abajo que, cansado de llamar a la puerta sin obtener respuesta, había entrado y llamaba insistentemente: «¡Señora, señora!».

Nada más ver al intruso a través de los barrotes de la barandilla, la señora Wilson reparó en que se trataba de un desconocido, un obrero, probablemente compañero de su hijo, pues llevaba la ropa tan sucia como él. Tenía una pistola en la mano.

—¿Puedo preguntarle si esto pertenece a su hijo?

Ella miró primero al hombre y luego, fatigada y medio dormida, no vio ninguna razón para no responder a la pregunta y se acercó a examinar el arma, buscando mientras hablaba ciertos anticuados adornos en la culata.

—Parece la suya; sí, lo es, seguro. La reconocería en cualquier parte por estas muescas. Fue de su abuelo, que era guardabosques en el norte; ya no se fabrican pistolas tan bonitas. Pero ¿cómo ha llegado a sus manos? Él la tiene en mucho aprecio. ¿Es que piensa ir a la galería de tiro? Me extrañaría porque sabe que su tía está enferma y que yo estoy aquí sola.


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