Mary Barton

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Al recordar la principal causa de su preocupación, empezó a contar una larga historia sobre la enfermedad de Alice, mezclada con recuerdos de la muerte de sus hijos y su marido.

El policía disfrazado escuchó un minuto o dos para obtener toda la información posible; luego afirmó que tenía prisa y se dio la vuelta, dispuesto a marcharse. Ella lo acompañó hasta la puerta sin dejar de contarle sus desdichas y no le extrañó, hasta que fue demasiado tarde para preguntárselo, lo inexplicable de su actitud y que se llevara consigo el arma. Luego, mientras subía lentamente las escaleras, dejó de extrañarle y decidió que debía de tratarse de algún operario con quien su hijo habría quedado para practicar puntería en la galería de tiro o al que le habría pedido que le arreglara la pistola o algo por el estilo. Ya tenía bastantes preocupaciones para pensar ahora en aquella vieja pistola. Jem debía de haberle pedido que se la llevara; y, si no era así, se alegraría de no verla más, pues no soportaba las armas de fuego: podían matar a alguien.

Y, consolándose así de no haberle hecho más preguntas, volvió a echar una cabezada febril, fatigosa y nada reparadora.


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