Mary Barton
Mary Barton El suelo, las paredes y los rostros de los operarios de los talleres estaban negros y oscuros. Pero en la sala de fundición un rojo vivo y cegador lo iluminaba todo; las llamas rugían ardientes en el horno. Los hombres parecían demonios rodeados de fuego y de hollín y esperaban cubiertos de tizne el momento en que toneladas de hierro se convirtieran en líquido ardiente para verterlas con un sonido sordo y callado en el delicado molde de fina arena negra que habían preparado. Hacía mucho calor y el resplandor rojizo de las llamas iba en aumento; los policías se quedaron boquiabiertos al ver aquello. Luego varias siluetas negras que sostenían extrañas palas en forma de cubos se acercaron a la luz intensa del horno y el hierro empezó a fluir líquido y luminoso sobre el molde. El murmullo de las voces volvió a elevarse, hubo un momento para decir unas palabras y secarse la frente y luego, uno por uno, los hombres volvieron a sus ocupaciones.
El agente B 72 señaló a Jem como el hombre a quien había visto reñir con el señor Carson y los otros dos lo detuvieron, explicándole de qué le acusaban y los motivos que tenían para ello. Él no ofreció resistencia, aunque pareció sorprendido; llamó a un compañero y le pidió escuetamente que le dijera a su madre que le habían surgido dificultades y no volvería a casa esa noche. De momento, no quería que supiera más.